Cuando un estornudo confina a media humanidad

Cuando un estornudo confina a media humanidad

Casi la totalidad de los gobiernos han tomado medidas de confinamiento frente a la pandemia del Covid-19.
Foto de @brunnocervera

Cuando el estornudo de una persona en Wuhan (China) pocos meses atrás deja sin papel higiénico a miles de hogares en el resto del mundo y encierra a 3 000 millones de personas, nos estalla una realidad que parecería de distopía. No lo es. La cuestión crucial hoy está en preguntarse si esto es “un hecho circunstancial que me tocó vivir” o “un hecho vinculante que debo afrontar”.

¿De dónde venimos?

La vida comenzó hace 3.800 millones de años y desde entonces, en su concepto más amplio, ella es el traspaso continuo de la memoria a través de la genética. Desafiando a las matemáticas, la vida se dividió en dos y hasta hoy no deja de multiplicarse, hace de todo para sobrevivir y por lo que se ve no le gusta morir: plantas, animales, insectos o seres humanos. Éstos últimos somos el ser viviente que más ha logrado transmitir la acumulación de la memoria colectiva de la vida al concentrarla en millones de escritos y cabezas, para luego realizar acciones que transforman el planeta. ¿Y qué hemos hecho con tanto saber acumulado?

Hemos alterado tanto la Tierra que creamos la era geológica del “Antropoceno” (anthropo: ser humano; kainos: nuevo): época en que el ser humano ha sido la principal influencia en la transformación geológica del planeta. Centenas de políticos, científicos y filósofos, como Bruno Latour[1] de quien tuve la oportunidad de ser su alumno en París, llevan décadas intentando demostrar la interconexión inexorable entre los seres vivos (y no vivos), y por ende (yo diría más bien a fortiori) entre los seres humanos.

Ninguno de ellos o ellas esperaba que en el sistema global actual el Covid-19 fuera el mensajero que hiciera visible la extensa interconexión planetaria y tomara una fiel radiografía geopolítica y económica de la organización humana.

Las radiografías del Covid-19

El virus recorrió todo el globo terráqueo y disparó la alarma en la que cada Estado debe hacerse cargo de sus ciudadanos, transparentando las posiciones de los líderes globales y locales. Presidentes de Estados Unidos, Inglaterra, Ecuador, Brasil, entre otros, revelaron que para ellos el capital sigue estando por encima de la vida[2]: se mantuvo un silencio cómplice y/o se conminó (o se exhorta aún) a seguir trabajando sin tomar suficientes medidas contra la pandemia, para no dañar la economía, “porque el remedio no puede ser peor que la enfermedad”.[3] El mantenimiento de la estructura del capital a costa de la sobrevivencia de un sector poblacional es su eje de acción, e intentan calar la visión geopolítica del darwinismo estructural según la cual “el que nació con dinero, fue porque así lo quiso la naturaleza”, pues todos sabemos que es más fácil confinarse cuando tienes dinero suficiente para comprar víveres para un mes por adelantado o para pagar un hospital privado.

Sin embargo, esos presidentes no contaban con la presión popular ni la desobediencia civil de las gobernadoras/es, alcaldes/as y líderes/as locales quienes activaron su propio protocolo demostrando a la vez que el capital no hace a la autoridad, y que la sobrevivencia del ser humano debe estar por encima de la economía. Cuando la ciencia y el sentido común no alcanzan para transformar el modus operandi de las altas esferas de poder, nos queda el llamado a la conciencia social y activar la transformación desde lo local. Porque, al fin y al cabo, el virus mata a las personas más sabias de nuestros barrios, las que más historias y consejos tienen para darnos y las que ayudan a las parejas trabajadoras a cuidar de las niñas y niños. Ningún medio de comunicación pro statu quo logró persuadir que el virus mata a los que estorban a la economía, porque cualquier hija/o de vecina/o sabe que el dinero nunca te dará el abrazo de la abuela/o.

Por otro lado, los gobiernos de países como México, Dinamarca, Finlandia, España, Argentina, Francia, Alemania, entre otros, han optado por afrontar esta crisis redistribuyendo la riqueza y fortaleciendo el Estado de bienestar. Algunas medidas tomadas son el congelamiento de las deudas o acceso a microcréditos de emprendedores y particulares; requerir del sector privado el apoyo de forma inmediata al sector público (en España, por ejemplo, una medida fue tomada por decreto frente a hospitales privados que se negaban a recibir a pacientes con Covid-19); y establecer rentas básicas universales.

Independientemente del posicionamiento tomado por los Estados,[4] se ha formado una solidaridad popular sin precedentes. Pequeños productores no han subido de precio sus productos (algunos hasta los envían a su costo a lugares más afectados), aplausos en la noche al personal de salud y servidores públicos, dibujos de los niños a los recolectores de basura, entre tantos otros ejemplos. Estas acciones se presentan como resistencia al esquema de los primeros gobiernos citados, y facilitan el apoyo a la estructura estatal en el segundo caso. Lo crucial es que el Estado ha sido esencial para la respuesta a esta problemática global, siendo la institución responsable política y económica de las medidas tomadas por sus representantes.

Otra revelación impulsada por este virus es cómo nos comportamos como individuos según el lugar donde vivimos. El filósofo francés Jean-Luc Nancy afirma que “no hay que equivocarse: se pone en duda toda una civilización”. En las grandes ciudades salimos disparados a comprar conservas y papel higiénico, desabasteciendo y teniendo como primera reacción protegernos nosotros mismos y nuestras familias, algunos gastando nuestros ahorros o endeudándonos. En los sectores rurales, el virus no solo tardó más en llegar sino que el pánico no fue tan generalizado. No obstante, lo que pasó después es sumamente llamativo y debe ser tomado como un nuevo parámetro para medidas económicas futuras: sí alcanza el capital y lo producido para mantener el consumo de la población actual sin que la gente muera de hambre. Claro está que ello también depende de la voluntad política de los líderes en función. En efecto, la radiografía del Covid-19 implicó no solo que sí se puede parar la producción desenfrenada, sino que el virus forzó la redistribución -hasta el gobierno de Trump, antítesis del dadivoso, se vio obligado a hacerlo- y dio al planeta un respiro medioambiental. En este marco, ya hay indicios sensibles de que empresas que han nacido, crecido y se han desarrollado en el mercado actual comienzan a dar un giro sorprendente, como el caso de Giorgio Armani: “El momento que estamos atravesando es turbulento; pero nos ofrece la oportunidad única de arreglar lo que está mal, de eliminar lo superfluo, de encontrar una dimensión más humana”. Propone entonces no realizar modas tan cortoplacistas, y que se regrese a la moda intemporal y sostenible.

Por su parte, cuando el filósofo Slavoj Zizek dice que “la pandemia del coronavirus es (…) un síntoma de que no podemos seguir en el camino que hemos seguido hasta ahora, se necesita un cambio”, e interpreta una fuerte coordinación internacional entre los Estados,[5] no está siendo utópico ni idealista, está traduciendo que si no se fortalece la legalidad entre los Estados la anomia liderada por el capital será catastrófica. Ejemplos como el “robo” de las mascarillas entre Estados aliados; el intento de comprar la vacuna a los laboratorios para venderla al precio del mercado; estas acciones basadas únicamente en el poder del capital revelan que si continuamos la secuencia de las civilizaciones actuales, el control político y económico de la mayor parte del globo terráqueo tendrá la misma receta: guerras.[6]

A las élites de América Latina

El Covid-19 ha revelado la principal guerra que deben afrontar nuestras generaciones y nos ha obligado como individuos a ver por lo menos un paso más allá de lo que hacemos instantáneamente. Hoy sabemos que cuando salgo a comprar y estornudo sin cubrirme la boca podría estar matando al abuelo del que está a mi lado; si él estornuda sin cubrirse, podría contagiarme: hay que salir con máscara. En la misma lógica, cuando compro una camiseta de marca en un “outlet” de Miami por 5 dólares, es porque a un/a trabajador/a en nuestro país le están pagando menos de 1 centavo de dólar por ella,[7] pues para que por 5 dólares sea rentable su venta, se le debe incluir los miles de kilómetros de transporte hasta la tienda, los aranceles y el pago del personal que trabaja en ella: detrás del “es baratísimo” hay miles de personas mal pagadas y con limitados derechos que lo sustentan.

Vengo de América Latina, región del mundo donde la mayor inyección del capital extranjero ha estado destinada como inversión en las élites locales con el fin de succionar a largo plazo la materia prima local (inclúyase el trabajo del ser humano, de animales y la extracción de la flora). Este fenómeno que se lleva a cabo en todos los países tiene una proporción distinta en esta región porque, con contadas excepciones históricas, cualquier intento de fortalecimiento del Estado de bienestar ha sufrido constantemente dos factores de desestabilización de igual relevancia.

El primer factor –exógeno– es el financiamiento extranjero a élites opuestas al interés del fortalecimiento del Estado (a favor del libre mercado), basados en una apuesta de inversión a largo plazo para a posteriori tener privilegios en contratos de multinacionales o directamente con los gobiernos de los países que las han apoyado. El segundo factor –endógeno– es la voluntad de dichas élites en crecer económicamente, no como país, gobierno o Estado, sino como sector privado.[8] Ellas están intrínsecamente ligadas a familias que detentan los mayores bancos y medios de comunicación: televisión, prensa escrita y radio.[9]

¿Qué tiene que ver el Covid-19 con esto? Que si bien la organización popular es el primer eje de respuesta a la pandemia, sobre todo en países donde los gobiernos no han respondido a las necesidades de sus pueblos frente a la crisis, la regulación del capital por el Estado se ha vuelto imprescindible para decidir sobre la vida en su territorio. A nivel local de pueblos, barrios y ciudades, la pandemia (léase el orden de las relaciones internacionales) exhortó a los Estados a controlar cada comunidad confinada, a pesar de que al mismo tiempo el orden global tiene implantadas las mayores fábricas de producción de las empresas más lucrativas (principalmente estadounidenses, europeas y chinas) en los países en vías de desarrollo, donde instan al pago de impuestos muy reducidos y salarios bajos para establecerse. En otras palabras, se solicitó a la más históricamente atacada de las instituciones (el Estado de bienestar) a hacerse cargo de la misma población a la que siempre se le ha querido privatizar el acceso a los servicios.

Y es éste el nuevo concepto de guerra global: la indispensabilidad de apoyar la presencia de un Estado regulador en los territorios del mundo en aras del interés de la humanidad. Siete[10] de los 10 países en los que mejor se lidia con la crisis hasta ahora tienen tres aspectos en común que hay que rescatar: el primero es que son liderados por mujeres, el segundo es que son países desarrollados, y el tercero de igual o mayor importancia, es que sus lideresas intervinieron el mercado apoyadas en la estructura estatal, para direccionar el capital financiero público y privado hacia la lucha contra la pandemia. Por un lado, esto debe llamar a los países desarrollados a respaldar gobiernos de países emergentes que fortalecen la estructura estatal. Por otro lado, y más urgente aún, nuestras élites locales latinoamericanas deben girarse hacia el fortalecimiento del Estado para alcanzar una institución democrática sólida que permita como mínimo más salud, y ojalá entendamos todos que más educación y mejores salarios en los países en desarrollo se traducirán en menos violencia social y menos emigración.

El Covid-19 ha puesto sobre la mesa el carácter necesario de tener, por lo menos, una estructura sanitaria pública lo suficientemente equipada y remunerada ya no solo para responder a la crisis, sino para responder a las clases medias y altas que se han visto igual de afectadas por la pandemia (claro está, con menos estragos que los menos favorecidos). Hoy no solo urge invertir en sanidad, mas es un suicidio político osar recortes y/o privatizaciones en el sector salud, lo que ha convertido esta pandemia en un referente para la necesidad nacional del derecho a la salud pública.

Si la dirigencia política se empecina en lo contrario –y sin ánimos de parecer profeta–, recordemos que antes del Covid-19 millones de personas salieron a las calles en distintos lugares del mundo como Francia, Chile, Ecuador, Japón, Argelia, Palestina, siendo la gran premisa que el statu quo de la acumulación del capital no podía seguir en la misma vía. El gobierno de Macron está sin duda tomando medidas de redistribución que han permitido subir su aceptación. Mi humilde lectura es que este virus demostró que la forma de cambiar ese status quo puede ser pacífica, siempre y cuando se aproveche la coyuntura de la oportunidad política.

En esta misma lógica de fortalecimiento institucional, la historia reciente nos ha demostrado que la única forma de contrarrestar las hegemonías globales es la unión entre las regiones, como lo ha logrado la Unión Europea versus China, Estados Unidos o Rusia. Es momento de paralelamente retomar la unión latinoamericana para no caer en “mientras luchan por separado, son vencidos juntos”.[11]

Ir más allá de la sociedad de lo inmediato

Defino la sociedad de lo inmediato como el convencimiento instantáneo y no meditado que se crea entre un ser humano y cualquier situación captada por sus sentidos. Cuando el presidente D. Trump dice que se puede inyectar desinfectante en pacientes con Covid-19 y más de 300 personas lo realizan teniendo consecuencias graves en su salud, estamos en un ejemplo claro de un comportamiento no meditado basado en la conclusión de: “lo vi, lo escuché, entonces así es”. Cuando Bolsonaro dice que el virus “es una gripecita” (é uma gripezihna) obviando las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud pero recibiendo el apoyo de miles de seguidores en las redes sociales y en las calles, es un ejemplo preocupante de una conducta individual fundada en la opinión no contrastada.[12]

Ambos comentarios presidenciales parecen salidos de una conversación del bar de la esquina, pero no lo son. Estas personas son ejemplos irrefutables de que la estructura del capital y de poder actual protege y fomenta la sociedad de lo inmediato como fórmula para gobernar. El peligro se evidencia en que si las decisiones políticas de las élites latinoamericanas y mundiales se basan en el capital y no en sus ciudadanos, solo seguiremos ahondando la desigualdad social en detrimento del conjunto global. En esta misma lógica, mientras sigamos alimentando a nuestras nuevas generaciones con los contenidos inmediatos regulados por propagandas y algoritmos premeditados del Facebook, Instagram y afines (vidas lujosas de los famosos, mejores goles de la historia, peleas, qué dice tal famosa/o sobre el Covid-19), las batallas cortoplacistas nos ganarán frente a las necesidades largoplacistas.

Cuando un periodista deportivo le pregunta al entrenador del equipo de fútbol del Liverpool, Jürguen Klopp, si está preocupado sobre el Coronavirus, y éste le responde elegante pero tajantemente que “lo que no me gusta es que la opinión de un entrenador de fútbol sea relevante para un problema tan serio”, resaltando que esa pregunta debe ser hecha a los expertos del tema, está dando una lección de humildad y de cómo resistirse a la sociedad de lo inmediato: léase la fama del momento.[13]

De la responsabilidad individual a la responsabilidad planetaria

Este artículo no pretende ser un llamado utópico a la conciencia de la gente, sino la radiografía de un sistema en el que nos ha tocado existir y en el cual se demuestra que nuestra responsabilidad individual sí repercute en la responsabilidad planetaria. No podemos, como humanidad, permitir que presidentes sigan respaldados únicamente por el interés del capital. Simone de Beauvoir ya nos enseñó que “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”.[27]

No considero que esto sea “la crisis del capitalismo”, ni mucho menos “el fin de la historia”, pues no hemos encontrado otra fórmula de comerciar más que a través del intercambio de mercancías. Incluso las propuestas más avanzadas como la de los intelectuales de Holanda que plantean una economía basada en el decrecimiento sugiere un nuevo manejo del capital. No obstante, sí es una manera de encarar que el Covid-19 no es un hecho aislado que me tocó vivir, sino un hecho vinculante que debemos afrontar.

Llegó la hora urgente de una nueva humanidad. “Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana” dice en un artículo el ensayista surcoreano Byung Chul Han. Este es un llamado a tomarnos la lucha contra el Covid-19 como un hecho que demuestra la vinculación entre todos y que debemos afrontarlo, porque hoy el silencio es traición y la indiferencia complicidad con la muerte. Nuestras generaciones, desde la persona recién nacida hasta la más anciana, tenemos la tarea a-histórica de cambiar de rumbo y esta es la gran oportunidad. Ahora que hemos palpado la indispensabilidad de la agricultora lejana, del recolector de basura y del cajero del supermercado, apremia luchar por un Estado presente que garantice mejores salarios básicos y una seguridad social digna en cualquier rincón del planeta (revirtiendo la feminización de la pobreza y respetando el aislamiento voluntario de poblaciones indígenas, entre otras medidas). Ya que estamos en un modelo capitalista, es indispensable no solo repensar el valor del trabajo sino intrínsecamente redistribuir su riqueza acumulada. Socavar las democracias en los países emergentes para lucrar en los países desarrollados solo creará más y más migrantes y refugiados que huyan de la pobreza y de la guerra.

En las peores crisis la humanidad ha logrado construir las más integrales soluciones. Las Naciones Unidas nacieron en 1945 como fruto de la segunda guerra mundial, y a pesar de su excelente labor humanitaria e innumerables esfuerzos en ciertos terrenos, no se ha logrado impedir la relocalización de la muy norte-centristamente llamada “guerra fría”, pues sigue habiendo guerras muy calientes en los países en vías de desarrollo financiadas por los mayores productores de armas. La Unión Europea se debate entre los nacionalismos y su posición de bloque para luchar contra la pandemia. ¿Será el Covid-19 la ocasión para una transición pacífica y democrática hacia la redistribución imprescindible de la riqueza y el fortalecimiento del Estado frente al libre mercado? Tal vez nos toque seriamente plantearnos el constitucionalismo planetario sugerido por el filósofo y jurista italiano Luigi Ferrajoli, porque hace años que los problemas globales deberían estar en las agendas nacionales.

Por último, retomando a Bruno Latour, seguir creyéndonos la clase media feliz y consumista ya es una irresponsabilidad hacia nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos: tenemos que cambiar nuestra forma de habitar. Urge encaminarnos hacia el consumo responsable y moderado que considera seriamente el cambio climático.

Somos la generación de la acción planetaria. Pasemos del Homo Sa-piens que cree poder hacer lo que quiera con lo que tiene y ve,al Homo Piens-sa que ha aprendido a ser más que tener y conoce las repercusiones de sus acciones. Cuando salgamos de casa en el desconfinamiento, seamos, cada individuo, la revolución de la solidaridad. Porque yo estoy por la vida ¿Y tú?


[1] Recomiendo una excelente entrevista realizada en El País el 31 de marzo 2020: Bruno Latour: “El sentimiento de perder el mundo, ahora, es colectivo”.

[2] Esta frase es inspirada en el Economista Rafael Correa, expresidente del Ecuador 2007-2017, en cuyo gobierno tuve la valiosa oportunidad de participar activamente, y quien dice: “el ser humano tiene que predominar sobre el capital”.

[3] Esta frase primero la dijo el presidente D. Trump, y después lo siguió su alumno ejemplar Jair Bolsonaro

[4] He decidido optar principalmente por un análisis europeo y americano (es decir, del origen de esta palabra, el continente América, para los que nos hemos olvidado), dejando de lado el caso de China, donde el Big Data es una de las maneras más precisas de mantener el confinamiento; o países como Malasia donde el concepto de comunidad es mucho más fuerte que el de individuo.

[5] Él lo llama “Global communism”: https://www.rt.com/op-ed/482780-coronavirus-communism-jungle-law-choice/

[6] En efecto, si la población mundial viviera como la sociedad estadounidense, se necesitarían 5 planetas tierra para poder mantener el modus vivendi. Pequeño detalle, solo tenemos uno. (http://www.rtve.es/las-claves/los-recursos-del-planeta-agotados-2019-08-01/)

[7] En un artículo de El Mundo del 11 de noviembre de 2001, se denunció que muchas empresas multinacionales pagaban 0.04% del precio de venta del artículo. https://www.elmundo.es/cronica/2001/317/1005552045.html

[8] Ojo, escribo expresamente “élites opuestas al interés del fortalecimiento del Estado” porque también existe la élite consciente y patriota en la trayectoria histórica de América Latina, que sí han apoyado la construcción de un fuerte Estado de Derecho. 

[9] Este argumento precisaría un análisis mucho más profundo sobre la orfandad de prensa de los Estados latinoamericanos y a fortiori de los movimientos progresistas.

[10] Al 16 de abril, Dinamarca (309 fallecidos), Islandia (8), Finlandia (72), Alemania (3.804), Nueva Zelanda (9), Noruega (150) y Taiwán (6). Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52295181

[11] Frase atribuida a Cornelio Tácito.

[12] Pongo de ejemplo a ambos líderes porque ganaron las elecciones en gran parte basados en fake news, pero este análisis merece otro artículo que pienso publicar más adelante.

[13] Escribiré sobre esto en los próximos días, basado en una lista de acciones que me parecen cruciales para la nueva humanidad, para la revolución de la solidaridad. 

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One Reply to “Cuando un estornudo confina a media humanidad”

  1. Excelente artículo, actual con mirada de futuro, didáctico, pro positivo y cautivan te forma de involucrarnos y analizar el nuevo tiempo pandé mico y cómo se puede ser al des confinamiento. Felicitaciones!

    vivir nuevo al des confinamiento

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