Sugerencias a la RAE, por un diccionario no sexista

Sugerencias a la RAE, por un diccionario no sexista

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El diccionario on-line de la RAE mantiene definiciones sexistas pese a que el uso de la lengua ha evolucionado entre los hablantes

Tengo tres idiomas maternos pero, si me preguntan cuál prefiero, no necesito ni un segundo para responder: el español. Caí en coma cuando era niña, fui perdiendo facultades mentales de forma progresiva hasta extinción de fuegos. Tanto lo adoro que, por una noche, perdí el catalán y el francés antes que el español.

Desde que cumplí los 30, me dedico al activismo feminista. No como profesión, sino como estilo de vida militante. Esa es otra de mis pasiones. Creer fervientemente que es posible moldear el mundo de forma que todos tengamos igualdad de oportunidades para ser quienes queremos ser. Hay que escoger sus batallas, y la mía tiene enfoque de género.

Pues bien, estoy orgullosa del cambio que ha venido dando la RAE en la adecuación de su diccionario a usos más sensibles de la lengua (desde hace poco, alguien huérfano no lo es especialmente por haber perdido a su padre, y ha quedado aceptada la palabra “presidenta” como mujer que preside). Son avances que solo se pueden aplaudir.

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Coincido con el Sr. Darío Villanueva, Director de la RAE, en que no hay que confundir la gramática con el machismo. Pero es importante reconocer que el idioma moldea nuestra manera de ver el mundo: si no podemos referirnos a algo es tanto como si no existiera; si solo vemos masculino genérico, la mujer desaparece. O, más bien, sigue desaparecida. La gramática, según la RAE, “estudia los elementos de una lengua, así como la forma en que estos se organizan y se combinan” y las reglas gramaticales definen usos correctos e incorrectos de la lengua. El uso del masculino genérico es una de esas reglas y, conjugado con el principio de economía que rige el español, deja demasiado a menudo a las mujeres en la más triste oscuridad. Como, por ejemplo, cuando la definición de “primer, ra ministro, tra” es“m. y f. Jefe del Gobierno o presidente del Consejo de Ministros”. Se ha evitado el desdoblamiento de género y se ha obviado el uso de la palabra de rigor en estos casos, “persona”. Con ello, la mera lectura de la definición crea la imagen de una profesión masculina. Y lo mismo ocurre con la palabra “Amoma: 1. m. y f. Dueño o señor de la casa o familia”, con el agravante de que se asemeja peligrosamente al fundamento de la dominación masculina.

Más allá de eso, el diccionario de la RAE sigue conteniendo definiciones sexistas que no corresponden a la comprensión que la sociedad tiene de una determinada palabra. Y, de nuevo, la definición de una palabra fragua el entendimiento de un concepto, lo ancla en el lector. Si bien la lengua es algo vivo, evolutivo, lo cierto es que todos acudimos al diccionario para aprender, aprehender, el sentido de las palabras. Acudimos al diccionario para terminar debates sobre lo que algo significa. Esa es, de hecho, su misión. Zanjar cualquier duda sobre el significado de las palabras, con la finalidad de que nos entendamos unos a otros al hablar.

Precisamente por eso debemos poner una minuciosa atención a las definiciones, ajustarlas a nuevas realidades, corregirlas cuando hace falta, por mucho apego que podamos tenerle a la tradición: esa amiga esquiva que no siempre ha demostrado ser benévola.

A modo de crítica constructiva y con la finalidad de seguir caminando el sendero ya emprendido por la RAE, me gustaría poner sobre la mesa los siguientes comentarios y sugerencias:

1. Revisiones perentorias:

Definiciones:

Varias definiciones de la RAE parecen obviar realidades que, como tales, deberían tener acceso al diccionario.

Mujeriego: 2. adj. Dicho de un hombre: Aficionado a las mujeres. U. t. c. s. m.

Esta definición da a entender que las mujeres homosexuales no pueden ser mujeriegas, lo cual carece de respaldo en la comprensión usual de la palabra. Se trata de un olvido tan evidente que no merece la pena hacer aspavientos verbales.

Machismo: 1. m. Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.

Lo cierto es que esta definición no es clara y ello es en sí mismo problemático. España es un país pionero en la lucha contra el machismo, pero si acudimos al diccionario para averiguar de qué estamos hablando es posible que no alcancemos a salir de dudas.

Ser prepotente es ser “más poderoso que otros, o muy poderoso” o “que abusa de su poder o hace alarde de él”. Según la definición de la RAE, es posible interpretar que solo los varones pueden ser machistas, pues son quienes históricamente han tenido el poder y han podido abusar o hacer alarde de él. La existencia de mujeres machistas llama a una ligera modificación de esta definición a los meros efectos aclaratorios, con la siguiente propuesta: “Actitud que afirma y defiende la prepotencia de los varones respecto de las mujeres”. Yendo un poco más lejos, podría ser conveniente sustituir “prepotencia” por “supremacía”, que significa “2. f. Preeminencia, superioridad jerárquica”.

Tampoco la definición de feminismo como ideología está exenta de crítica:

Feminismo: 1. m. Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.

Ésta parece haberse quedado en las primeras olas del feminismo, en las que se reclamaba una igualdad de iure, el derecho de voto o el derecho al aborto. Actualmente el movimiento comprende reivindicaciones en cuanto a la igualdad de facto, la igualdad de oportunidades, la compensación de discriminaciones históricas que implican que, incluso en igualdad de derechos, las mujeres parten de una posición de desventaja. Esta dimensión del feminismo debe reflejarse en su definición, que podría modificarse en el siguiente sentido: “Feminismo: 1. m. Principio de igualdad de derechos y oportunidades de la mujer y el hombre”.

El “despect.” olvidado:

  • Perro, ra: 6. f. prostituta.

A diferencia de lo que ocurre con la séptima acepción de “zorra”, de idéntico contenido, ésta no viene precedida de “despect. malson.” aunque su pertinencia resulta evidente. Es difícil imaginar una situación en la que referirse a una prostituta como una perra no equivalga a insultarla, y tal intención debe quedar clara en la definición de la palabra.

Los “desus.” olvidados:

  • Afeminado, da: 4. adj. p. us. disoluto. U. t. c. s.

El uso actual de esta cuarta acepción de la palabra resulta cuanto menos dudoso, si tenemos en cuenta que “disoluto” significa: “1. adj. Licencioso, entregado a los vicios”. Más que “p. us.” merecería un “desus.” o una exclusión definitiva.

Otras palabras que merecerían ser matizadas con un “desus.”:

  • Maestro, ra: 10. m. Hombre que tenía el grado mayor en filosofía, conferido por una universidad.
  • Mujercilla: 2. f. p. us. Mujer perdida, de mala vida.
  • Mujerzuela: 2. f. Mujer perdida, de mala vida.
  • Ricahembra: 1. f. Hija o mujer de grande o de ricohombre.

2. Segunda capa de análisis. Por referencia de una definición a otra:

La palabra “mujeriego” ilustra la necesidad de llevar a cabo un análisis referencial de las entradas del diccionario, además del estudio individual de cada definición. En este caso, es evidente que el verbo empleado, “aficionar”, no resulta apropiado a la definición: se es aficionado a un objeto u actividad, y las mujeres no son ni una cosa ni otra.

  • Mujeriego, ga: 2. adj. Dicho de un hombre: Aficionado a las mujeres. U. t. c. s. m.

“Afición: 1. f. Inclinación o atracción que se siente hacia un objeto o una actividad que gustan. 2. f. Conjunto de personas vivamente interesadas por un espectáculo o partidarias de una figura o un grupo que lo protagoniza. 3. f. Cariño, afecto o simpatía hacia alguien. 4. f. Actividad que se realiza habitualmente y por gusto en ratos de ocio. 5. f. p. us. Ahínco, empeño”.

Lo mismo sucede con la palabra “cocinillas”: 

Cocinillas: 1. m. coloq. Esp. Hombre que se entromete en las tareas domésticas, especialmente en las de cocina.

Más allá de ser ajena a la creciente paridad en las tareas domésticas, que es más tendencial que real pero no por ello deja de existir, se trata de una definición que reincide en su machismo. El primer nivel se encuentra en la mera literalidad de la definición, que analizo más abajo. El segundo, cuando acudimos a la definición del verbo “entrometer”, que nos lleva a “entremeter” y se define en su tercera acepción como: “3. prnl. Dicho de una persona: Meterse donde no la llaman, inmiscuirse en lo que no le toca”. Tal reenvío de la mujer a sus labores trae olores de otros tiempos.

3. Supervivencia de estereotipos de género

Esta categoría de palabras pone de manifiesto la pervivencia de nociones machistas en la manera en que la RAE define –y con ello, moldea– la realidad.

  • Cocinillas: 1. m. coloq. Esp. Hombre que se entromete en las tareas domésticas, especialmente en las de cocina.

Se trata de una definición construida sobre los más rancios estereotipos de género, y que bebe del confinamiento femenino a las labores propias (domésticas), entre ellas la cocina. Asalto a la paridad que no puede excusarse en un acuerdo generalizado al respecto, pues el común de los hablantes de español de España entienden por cocinillas (masculino y femenino) una persona aficionada a la cocina.

Como sugerencia, esa actual primera acepción debería (i) eliminarse, o (ii) relegarse a un número ulterior y ser precedida de “desus. despect. coloq.”.

Varias definiciones todavía asocian valores positivos a rasgos masculinos y valores negativos a rasgos femeninos, remitiéndose a la mujer como ser débil y al hombre como ser fuerte y valiente:

  • Hembra: 8. adj. Delgado, fino, flojo.
  • Hombría: 2. f. Cualidad buena y destacada de hombre, especialmente la entereza o el valor.
  • Macho: 6. m. Hombre en que supuestamente se hacen patentes las características consideradas propias de su sexo, especialmente la fuerza y la valentía.

Acerca de las dos últimas, cabe preguntarse si es necesaria la referencia a lo que es proprio de un sexo (y, por oposición, no del otro, ajeno al otro o antinatural en el otro) pues no deja de reforzar una visión esencialista y binaria de los sexos y los géneros. Oficializar tales definiciones equivale a convalidar estereotipos de género que se encuentran en retroceso en la sociedad española y que son en sí mismos el sustento de tradiciones machistas que refuerzan el status quo.

Propongo definir la hombría como “dicho de un hombre: cualidad buena, entereza o valor”, lo que no empobrece el significado de la palabra, con la ventaja de que no insinúa que la entereza o el valor son cualidades fundamentalmente masculinas. Igual sucede si reformulamos la definición de macho como “hombre especialmente fuerte y valiente”. Se podría decir incluso que tales recortes van en la línea del lema de la RAE, “Limpia, fija y da esplendor”.

El último ejemplo entronca con el supuesto consumismo femenino, con su rol decorativo de mujer-objeto, de forma gratuita:

Modista (o modisto): 1. m. y f. Persona que se dedica a hacer prendas de vestir o a crear modas o modelos de ropa, principalmente para mujer.

Lo cierto es que no alcanzo a vislumbrar una buena razón para que esa proposición perviva en la versión actual del diccionario de la RAE, en ausencia de la cual debería considerarse su eliminación con base en las implicaciones machistas que vehicula.

4. La mujer como profesional, no como “pareja de”:

Por tradición, la definición de muchas profesiones define la versión femenina como la mujer (esposa o pareja estable) de la versión masculina. Y así la definición de “catedrática” es “mujer del catedrático”, lo que ocurre también con “presidenta”, “ministra” o “maestra” e incluso con la más genérica “jefa”. Injusticia que viene servida en ración doble cuando caemos en la cuenta de que no existe el fenómeno correlativo para profesiones tradicionalmente femeninas: el enfermero, el matrón y el comadrón no son maridos de, sino personas que se dedican a tal o cual actividad profesional. Y, para colmo, ocurren anomalías como que la palabra “modista” sea independiente de la palabra “modisto”, no quedando ambas unidas según la norma como “modisto, ta”:

  • Modista: 1. m. y f. Persona que se dedica a hacer prendas de vestir o a crear modas o modelos de ropa, principalmente para mujer.
  • Modisto: 1. m. Hombre que se dedica a hacer prendas de vestir o a crear modas o modelos de ropa, principalmente para mujer.

No solo el modisto no es el marido de la modista, sino que es una profesión reconocida a título individual porque la masculinización se ha hecho sin problema.

En España, el hombre jamás ha sido un apéndice de la mujer y estas definiciones lo ilustran muy bien. Lo que no tienen en cuenta, sin embargo, es la apertura del mercado laboral al empleo femenino en prácticamente todas las profesiones existentes, salvo excepciones como las religiosas de “cura” o “Papa”. Fenómeno reciente a escala de la historia de la humanidad pero suficientemente longevo como para que la RAE tome buena nota de ello y dé al Español un esplendor actualizado.

5. El masculino (denigratorio) olvidado

La primera definición de “mujercilla” es “mujer de poca estimación”. La primera (y única) definición de “hombrecillo” es “lúpulo”. Y, sin embargo, estoy segura de que en el ideario colectivo un hombrecillo equivale a un hombre de poca estimación, curiosamente olvidado.

Todo esto no tiene la intención de ser exhaustivo. Al revés, tengo más en la recámara, incluso en cuanto a las definiciones aquí analizadas. Pero me parece suficiente, por ahora, para continuar con una tendencia loable.

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Diccionario de la Lengua Española de la RAE

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[NOTA: todas las definiciones aquí incluidas han sido extraídas del diccionario on-line de la RAE, y únicamente en cuanto al español que conozco, esto es, el español de España. Quedan fuera de mi análisis los usos que pertenecen a las variantes latinoamericanas del idioma].

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